Dan las 4 de la tarde, sábado. Ella, el y yo en un carro índigo, dos cigarrillos y el viento afable acaricia mi cara. Vestidos justo para la ocasión, de turistas en nuestro país. Independencia hasta el fondo, y de la nada, de vuelta al pasado…
El aroma es distinto, y el aura toma un tono anaranjado. Ella dice “mi ciudad perfecta” yo, atónita y absorta con lo que me rodea, sin poder decir palabra, andando entre flamboyanes…una oda a lo bohemio. Paramos al escuchar el chillido oxidado de la bicicleta. “Dame un agua de coco” dice ella. Los 3 vestidos de sonrisas, sin hablar de más, nos ahogamos en medio de catedrales, risas, ancianos y el color verde.
De pronto, percibo su voz en mi cabeza “¡Es que me siento oprimida!” me rio y en cuanto estalla mi leve carcajada pienso… “Pues yo tendré alma de turista” ciudadana de ningún lado como dice la canción. Oscilamos por las calles estrechas, transeúntes sin rumbo alguno. Entramos a aquel parador desbordado de esperanza, parafernalia y fruto caribeño.
-“No me gusta el dulce de leche” menciona el vagamente
-“¿cuánto cuesta?” Pregunté.
- “80 pesos”
-“Dame uno al fabol”
Engulle el mismo de una tajada y le cambia la expresión. “No me imagino yo si te llegaran a gustar”, seguimos.
El aroma es distinto, y el aura toma un tono anaranjado. Ella dice “mi ciudad perfecta” yo, atónita y absorta con lo que me rodea, sin poder decir palabra, andando entre flamboyanes…una oda a lo bohemio. Paramos al escuchar el chillido oxidado de la bicicleta. “Dame un agua de coco” dice ella. Los 3 vestidos de sonrisas, sin hablar de más, nos ahogamos en medio de catedrales, risas, ancianos y el color verde.
De pronto, percibo su voz en mi cabeza “¡Es que me siento oprimida!” me rio y en cuanto estalla mi leve carcajada pienso… “Pues yo tendré alma de turista” ciudadana de ningún lado como dice la canción. Oscilamos por las calles estrechas, transeúntes sin rumbo alguno. Entramos a aquel parador desbordado de esperanza, parafernalia y fruto caribeño.
-“No me gusta el dulce de leche” menciona el vagamente
-“¿cuánto cuesta?” Pregunté.
- “80 pesos”
-“Dame uno al fabol”
Engulle el mismo de una tajada y le cambia la expresión. “No me imagino yo si te llegaran a gustar”, seguimos.
Paulatinamente con destino hacia donde mismo íbamos, dos frías en mano, haciendo reminiscencia de aquello que nos hace felices. El caminar de esa doña, el especial de cervezas, el humo cegador de nuestros cigarrillos, el diseño arquitectónico, la maquina de bateo, el color grisáceo de ese edificio, el sonido de nuestras carcajadas… mezcolanza de elementos que poco a poco tallan la tarde perfecta.
Se acerca el crepúsculo, y sin tiempo para admirarlo, nos adentramos a esa calle. Esa tan prolífica, repleta de sueños, memorias y vivencias. Deslumbrados con el circo andante que se traslada de un lado para otro, seguimos adelante. Oscurece, es hora de volver a la rutina, a los ecos de ciudad furtiva que contamina el alma mía, que se alimenta de ilusiones, sueños y sensaciones. Y que mas da, si quedan sombreros, anteojos, chillidos, gritos, carcajadas, el merengue aquel que se estanca en mis oídos, su edificio favorito, burbujas regateadas, las bromas y chistes, los libros que gritan mi nombre al pasar, la caminata, tus llamadas, el regocijo y todo lo demás…todo queda, en aquella tarde donde la lucecita que brotaba de mi alma no paró de brillar.

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